Paul is Dead

Yoko Ono (Nota 1)



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Una de las personalidades más queridas en la historia de la música. Un ser que siempre se ha mostrado abierto, claro, comprensible, y que ha despertado mucha admiración allá donde estuviera. Una artista cuyas obras, llenas de gran belleza y simplicidad, le han valido para abrirse camino en el mundo del arte, haciendo uso de su talento y sin la necesidad de recurrir a otros medios o relaciones. Una persona que ha alcanzado la fama por mérito propio…

Fuera de bromas, vamos a hablar de Yoko Ono.

En el anterior capítulo comenté, muy de pasada, el momento y circunstancias en que Yoko entraba en nuestra historia, conociendo a John el día antes de que se inaugurara su exposición en la Indica Gallery.

Como todos sabéis, las últimas notas que estoy abordando intentan crear un timeline de la historia Beatle, contando en orden cronológico todos los acontecimientos –oficiales y no tanto- que puedan ser de importancia para el tema que nos ocupa.

En su día interrumpí este timeline para hablar de Paul, describirle como persona y artista y ofrecer algunos datos que más adelante podrían ser importantes.

Ahora estamos ante el mismo caso: hay que interrumpir la historia para hablar brevemente de Ono, un personaje crucial, y tener una idea más o menos clara de qué tipo de persona es y qué papel va a jugar a partir de ahora en todo este lío.

El arte avant-garde.

En los artículos anteriores hemos podido empezar a atisbar en la importancia e influencia de la aparición del arte “avant-garde” en los años sesenta y, con él, la psicodelia. Al igual que las corrientes pacifistas –con su máximo exponente en los hippies –este tipo de arte era un retrato del movimiento de cambio que se estaba llevando a cabo en aquellos tiempos: un cambio en la forma de pensar y de sentir, una revolución de la juventud. Algo que algunos no veían con buenos ojos.

En el libro de Alex Constantine, “La guerra encubierta contra el Rock”, se muestran fuertes evidencias que apuntan a que los servicios secretos, y especialmente la CIA, crearon organizaciones ficticias relacionadas con el arte alternativo, que servían de mecenas y promovían algunos de estos movimientos. Otro ejemplo podrían ser las granjas y comunas donde vivían los artistas, en ocasiones barrios enteros en los que se relacionaban unos con otros y compartían su obra, bajo la tutela y la atenta mirada de los que los promovían. Muchas de estas organizaciones y granjas tienen una demostradísima relación con la CIA y la experimentación con las drogas.

Esta información forma parte de un gran trabajo que llevo meses abordando, y que consiste en encontrar y situar las conexiones existentes entre estos movimientos y los poderes en la sombra. Pensaba que me llevaría menos tiempo, pero conforme voy avanzando descubro con pasmo que esto forma parte de una trama monstruosa llena de vertientes. Fui creando un gráfico con todas estas líneas que salían de un punto en común, hasta que acabó convirtiéndose en un gigantesco pulpo con decenas de brazos. El punto en común sigue siendo la Indica Gallery.

Todavía me faltan piezas; pero, cuando las tenga todas, el puzzle se completará y todos estos datos que voy a mostrar sobre Yoko, que en este artículo son, de momento, sólo sospechas muy bien fundadas, se convertirán en certezas.

Ancestros

La mujer de John Lennon; la “intrusa” que aparece de repente en la historia Beatle con funestas consecuencias. Ésa es para muchos Yoko Ono, una japonesa callada e inexpresiva que comenzó a dejarse ver en Abbey Road hacia 1968. Para los fans de la banda su importancia radica en ese punto. Hasta ese momento, no parece haber existido.

Pero Yoko tiene un pasado. Y además muy sorprendente, pues viéndola en aquellas primeras apariciones, o incluso los que hayan ido un poco más atrás y la hayan encontrado en algunos films de mediados de los sesenta, la impresión que da es la de una mujer humilde, de cabello largo y descuidado y ropas sencillas, que se ha ido abriendo camino como ha podido, desde la nada.

Nada más lejos de la realidad.

El abuelo paterno de Yoko, Atsushi Saisho, era descendiente de un líder religioso del siglo IX, también llamado Saisho, asistente personal del emperador y miembro de una poderosa familia que siglos después desempeñaría un papel fundamental en el derrocamiento del sistema Shogunato en Japón, así como en el desarrollo del país tras la Primera Guerra Mundial.

Atsushi tuvo una hija llamada Tsuruko. Ésta conoció a Ejiro Ono mientras estudiaba en Kyoto, y más adelante se casaron.

Ejiro era descendiente de una familia de guerreros samuráis. Estudió en la Universidad de Michigan en 1890 y entró a trabajar en el Banco de Japón seis años después. Finalmente, se convirtió en el presidente del Banco Industrial de Japón. Tsuruko y Ejiro tuvieron tres hijos, el más pequeño llamado Eisuke, padre de Yoko.

El abuelo materno de Yoko, Zenjiro Yasuda, fue fundador del Banco Yasuda y uno de los hombres más ricos y poderosos de Japón. Fue asesinado a tiros por “agitadores” que se sintieron ofendidos cuando él se negó a hacerles un donativo en la calle.

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Sin embargo, se rumorea que sus actividades y negocios le habían granjeado no pocos enemigos, especialmente entre las clases bajas. En ese momento su fortuna se estimaba en más de un billón de dólares –y estamos hablando de 1921.

Zenjiro tenía una relación especial con su yerno, Iomi Teitaro, el esposo de su querida hija mayor. Tanto es así que lo estuvo preparando durante años para ser su sucesor y, haciendo uso de su gran poder, consiguió que le nombraran conde, a condición de que él cambiara su nombre a Zensaburo Yasuda. Zensaburo tuvo ocho hijos, cuatro varones y cuatro mujeres, una de las cuales era Isoko, madre de Yoko.

Eisuke Ono, descendiente de una importantísima familia relacionada con emperadores desde hacía más de once siglos, e Isoko Yasuda, heredera del colosal imperio del banco Yasuda, se casaron en 1932. Meses más tarde, el 18 de febrero de 1933 (el año del pájaro en Japón), nació su primera hija, Yoko, que significa “niña del océano”.

Ella siempre ha sido gran aficionada a la numerología, más adelante lo veremos con detalle. En muchas ocasiones ha remarcado que los dígitos de su fecha de nacimiento sumaban 27, que a su vez es múltiplo de 9, su número “talismán”.

El Banco Yasuda.

Podríamos haber dejado los orígenes de Yoko aquí, sólo para señalar, como curiosidad, el impresionante linaje del que desciende y que tanto choca con su posterior trayectoria.

Pero en su momento quise indagar más sobre el famoso banco Yasuda. Es tristemente conocido el papel que los grandes bancos han desempeñado en la historia de occidente, y por diferente que sea la cultura de Japón, dudaba mucho que la realidad allí fuera otra.

En el libro de Peter Brown, “The love you make”, hallé una frase de Yoko en la que ella misma decía que la familia de su madre, los Yasudas, eran el equivalente japonés de los Rothschilds o los Rockefellers. Casi no haría falta decir más…

Lo primero que encontré, dentro de la historia oficial, fue que este importante grupo financiero acabó siendo tan poderoso que concedía préstamos al gobierno japonés para construir obra pública: puentes, carreteras, hospitales. Una organización que llegó a extender –literalmente, según algunas biografías de Ono –sus “tentáculos” por Europa y Estados Unidos.

Después de la Segunda Guerra Mundial Japón estaba sumido en la desolación: el palacio imperial había resultado dañado, árboles centenarios habían sido quemados, numerosos monumentos y edificios de gran importancia y tradición habían quedado arrasados. Pero algo seguía inalterable: el poder del Yasuda Bank. En aquel momento firmó un importante acuerdo con Estados Unidos para financiar la reconstrucción del país. Según varios historiadores japoneses, detrás de esta reconstrucción estaba la CIA, asegurándose de que todo cuanto se hacía servía a sus intereses. La guerra es un negocio: durante y después.

Pero, ¿por qué esta concesión a los Yasuda?

La sociedad del Dragón Negro.

También llamada “Grupo del océano negro”, o “Kokuryukai”, era una sociedad secreta de carácter ultranacionalista y anticomunista, que luchaba por eliminar la supremacía rusa en Corea y Manchuria. Fundada en 1901 por Uchida Ryohei, ya en 1920 tenía un tremendo poder y controlaba gran parte de la política de Japón.

Aunque Uchida fuera el fundador, el auténtico líder era el llamado “emperador del lado oscuro” (sí, sé que suena a Star Wars), un hombre malvado según los historiadores, llamado Mitsuru Toyama. Se dice que estaba imbuido de “creencias religiosas orientales extremas”.

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En el centro, Toyama, con su discípulo Uchida a su derecha.


Cerca de ellos operaba otro grupo, los “Dragones Verdes”, mucho más secreto y orientado a las actividades espirituales. Ambas estaban relacionadas en sus más altos niveles con Toyama. Los dragones negros manejaban el lado político, y los verdes el del ocultismo.

La segunda esposa del líder chino Chiang Kai-Shek hacía referencia a estos grupos en sus memorias:

“Mi marido contemplaba un sistema completamente secreto de detectives privados, y consideraba las Sociedades del Dragón Verde y Negro como modelos apropiados para la recolección de Inteligencia Secreta”.

Estas sociedades estaban involucradas con el espionaje. Funcionaban como una extensión del órgano especial de Inteligencia del Ejército imperial. El equivalente a la CIA o el MI5 en Japón.

¿Y qué tiene todo esto que ver con Yoko Ono? Muy sencillo: el Banco Yasuda financiaba las actividades de ambas sociedades. Al comparar a su familia con los Rockefeller, Yoko estaba más acertada de lo que muchos creen.

Tras la Segunda Guerra Mundial los dirigentes de estas sociedades fueron condenados por criminales, pues habían apoyado y financiado las actividades de guerra. Pero finalmente la CIA los liberó para convertirlos en agentes encargados de crear la democracia en Japón y reconstruir el país. Creyeron que, dado su marcado carácter nacionalista y anti-ruso, podrían servir de muro de contención del comunismo, haciendo uso de sus fondos –provenientes del Banco Yasuda-, su enorme capacidad logística y sus conocimientos de espionaje.

Sólo 28 de los más de doscientos criminales encarcelados fueron enjuiciados finalmente, en un proceso equivalente a los juicios de Nüremberg alemanes. Estamos hablando de una operación exactamente igual a la Paperclip.

Al igual que a los dirigentes de estas sociedades se les perdonó a cambio de hacer buen servicio a los servicios secretos estadounidenses e ingleses, el banco Yasuda gozó de la misma “misericordia”, en cuanto había pasado años financiando sus actividades.

Los Kokuryukai se convirtieron en subordinados de la CIA. ¿También los Yasuda?

La infancia de Yoko.

Yoko ha descrito sus primeros años de vida como una etapa muy solitaria y oscura. Su madre, más preocupada en cuidar sus relaciones con las altas esferas de la sociedad japonesa, dejaba a la pequeña al cuidado de una niñera.

El padre de Yoko, Eisuke, había tenido que marchar a Estados Unidos antes de que la niña naciera, debido a su cargo en el Banco Yokohama, que le había llevado a aceptar un proyecto en la filial de San Francisco. Yoko no conoció a su padre hasta que cumplió tres años.

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Los Yasuda nunca vieron con muy buenos ojos el matrimonio de su hija con Eisuke. A pesar de que éste ostentaba un importante cargo en un Banco, y de provenir de una familia de influyente linaje, todo les parecía poco para su hija. Recordemos que estamos hablando de la familia más poderosa de Japón, por encima incluso del Emperador. Eisuke sentía un gran amor por la música, incluso había soñado con ser pianista, pero su matrimonio con Isoko hizo que se viera obligado a centrarse en su carrera profesional y en el mundo de las finanzas. De hecho, fue por influencia y recomendación de Zensaburo Yasuda que tuvo que marcharse a Estados Unidos. Después tendremos más oportunidades de ver cómo se las gastaban los Yasuda en cuanto a “asuntos familiares” se trataba.

Yoko fue educada bajo una estricta disciplina, de manera inflexible, hasta el punto de hacerla desarrollar una obsesión compulsiva por la higiene y un deseo enfermizo de conseguir la aprobación de sus padres. Tanto es así que aceptó dar clases de piano para poder entretener a los importantísimos invitados que la señora Ono llevaba a su mansión. La propia Yoko llegó a decir que su madre pensaba que la vida de su hija era de su propiedad.

Esta mansión, por cierto, estaba situada al lado del Palacio Imperial. Yoko fue a la misma escuela que el hijo del emperador Hirohito, Yoshi, con quien llegó a tener una gran amistad.

No quisiera alargarme mucho más en la infancia de Yoko y la historia de los Ono, aunque está llena de detalles interesantes. Uno de ellos que sí cabe destacar es la detención de Eisuke acusado de haber apoyado a Japón en la Guerra, desde su posición en Nueva York donde había sido destinado como presidente de la filial del Banco de Tokio (nuevamente bajo la influencia de los Yasuda). Eisuke no había caído en gracia ante los ojos de su familia política, pero curiosamente fue gracias a ellos que, finalmente, tras largos meses de reclusión, fue liberado. Isoko contó en una entrevista en 1982 que su esposo había sido catalogado como “criminal de guerra clase B”, pero tal clasificación fue después borrada de los archivos nacionales de Estados Unidos. Otro criminal indultado.

Otra anécdota reseñable sucedió durante el último año de guerra. Yoko, por aquel entonces, asistía al colegio Keimei Gakuen, una nueva escuela cristiana de Tokio, una de las pocas en las que se hablaba inglés en clase (los padres de Yoko siempre tuvieron mucho interés en que sus hijos tuvieran un buen nivel en esta lengua). Debido a la mala situación de Japón en la contienda, el gobierno decretó la orden de que todos los niños de más de doce años fueran a trabajar en las fábricas de munición. Sin embargo, Isoko convenció al director de la escuela para que falsificara el registro y le restara dos años a la edad de su hija. Cuando Yoko, años más tarde, se dedicó a denunciar las injusticias de la guerra, debería haber hecho notar de qué forma se libró de tener relación ninguna con la misma gracias a la monstruosa influencia de su familia materna, que era capaz de hacer que un director de escuela prefiriera arriesgarse a una condena antes que contradecirles.

Es fundamental destacar la orientación que siempre dieron los padres de Yoko a su educación, muy basada en la cultura y las lenguas occidentales. Un padre que estuvo sirviendo a los intereses japoneses, un banco de la familia que financiaba grupos tradicionalistas y nacionalistas, que decidieran educar a la niña en las lenguas, artes y músicas occidentales es algo muy curioso.

“Parecía un animal domesticado al que alimentaran con información. Lo aborrecía, especialmente la música. Solía desmayarme antes de mis clases de música, era mi forma de escape” –declararía años más tarde.

Su profesora de piano, por cierto, llegó a decirle que no tenía capacidad para tocar un instrumento y que quizá se le daría mejor el teatro…

En Estados Unidos

Tenemos que avanzar ahora hasta 1950, cuando Eisuke vuelve a ser destinado a la filial del Banco de Tokio en Nueva York. La familia Ono se instaló en la nueva casa que acababan de comprar, en la pequeña villa de Scarsdale.

Curiosamente, la misma pequeña villa donde creció Linda Eastman.

Yoko ya había empezado a interesarse por el arte. De repente, la niña que no hacía mucho “aborrecía la música” quería convertirse en cantante de ópera.

Sus padres decidieron enviarla al prestigioso Sarah Lawrence College. Mismo centro donde, curiosamente otra vez, se insiste en decir en numerosas fuentes que estudió Linda durante un año, a pesar de que la dirección de la escuela se haya empeñado en negarlo tajantemente.

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El Sarah Lawrence era un innovador colegio, fundado a principios del siglo XX, que sólo admitía a chicas de elevadísima posición social. Se dedicaba a educar en todo tipo de artes, desde escultura o pintura hasta música. Tenía a gala seguir un sistema “diferente”, no basado en el aprendizaje memorístico sino en dotar de total libertad a las alumnas para avanzar en su formación, pero que a la vez exigía unos altos estándares. Hoy en día ha moderado mucho su estilo, pero sigue siendo todo un referente en USA.

Una de las mayores influencias fue Harold Taylor, su presidente entre 1945 y 1959, que a su vez era gran amigo del Filósofo Educacional John Dewey y en cuyas teorías se basó totalmente. En otra de esas felices casualidades, Dewey había sido compañero de clase, en la Universidad de Michigan, de Eijure Ono, el abuelo paterno de Yoko.

Como decía, esta escuela tiene fama de ser un idílico lugar donde las alumnas (y alumnos cuando posteriormente se hizo mixto) podían desarrollar su arte a su libre albedrío.

Sólo cuando se escarba un poco más allá de la superficie se puede encontrar otro tipo de información. Es la versión de Louise Blecher Rose, una exalumna de esta escuela, que asistió precisamente en los años sesenta, y que, a raíz de los oscuros recuerdos que tenía, decidió investigar un poco hasta dar con la punta del iceberg de un escándalo que, a día de hoy, todavía no ha sido totalmente esclarecido.

Todavía puedo escucharme a mí misma diciéndole a todo el mundo lo feliz que era en la escuela, lo interesantes que eran los profesores y lo emocionantes que eran las asignaturas. Y era cierto. ¿Cómo no deberíamos haber pasado allí unos momentos maravillosos? ¿Cómo no lo hacerlo? Sarah Lawrence era como estar continuamente de vacaciones. Tuve tres asignaturas en un año sin matemáticas, ni ciencias, ni lengua extranjera, ni literatura anterior al siglo XIX (ni siquiera Shakespeare). Por supuesto, no había exámenes, ¿para qué memorizar si en la vida real podías ir a la biblioteca y buscar allí las cosas? En lugar de ese tipo de servidumbre académica, yo solía escuchar música, tomar el sol, hablar con los compañeros y profesores y vagar por Bronxville entrando en las mansiones. Nunca tuve que quedarme hasta tarde estudiando.

El único problema con todo esto era esa ligera sensación de fraude. Era maravilloso formar parte del “aura” que rodeaba el Sarah Lawrence, pero siempre me pregunté que pasaría si la gente supiera lo que íbamos a hacer allí. Siempre estuvo ese sentimiento de que el verdadero Sarah Lawrence guardaba un secreto al mundo exterior, lo cual significaba a la clase media, demasiado limitada, demasiado convencional, demasiado puritana como para comprender lo que estábamos emprendiendo. Pero, ¿qué era exactamente lo que estábamos emprendiendo? Si hubiera intentado encontrar una respuesta, no habría sido capaz de hacerlo.

Lo que realmente me era imposible comprender era qué cambio se supone que íbamos a liderar, siendo que todos nosotros acabaríamos heredando mucho dinero. Todo en el Sarah Lawrence era inverosímil: la chica del hall que pintaba cuadros de fetos muertos en la pared cuando estaba deprimida. Su compañera de habitación, tan informal en todo tipo de temas que incluso se acostó una vez con su peluquero a cambio de un corte de pelo despuntado. Mi mejor amiga, profundamente implicada con el misticismo Sufí, pero que todavía pasaba cada fin de semana en la elegantísima finca de campo de sus padres. Otra amiga padecía una “inhibición de lectura” (según el diagnóstico de su psiquiatra), que superó brillantemente dedicándose sólo a la danza.

Pero más inverosímiles todavía me parecían los constantes affaires entre las estudiantes y los profesores. Las chicas del Sarah Lawrence eran tan bellas que cuando las revistas de moda necesitaban modelos, simplemente venían a Bronxville y las arrancaban del campus sin más. Pero ver a estas deslumbrantes criaturas teniendo relaciones con los feúchos profesores de mediana edad de nuestra facultad era peculiarmente inquietante: tal vez otro ejemplo del talento del Sarah Lawrence para las combinaciones imposibles.

Que levante la mano el que lea esto y no sospeche que detrás de este supuesto “paraíso” hay gato encerrado. La autora del blog nos cuenta qué tipo de educación, por llamarlo de alguna forma, se impartía ahí, en qué estado estaban las estudiantes y, sobre todo, algo que debería haber supuesto el cierre inmediato y el inicio de acciones penales contra el centro: las relaciones íntimas entre los profesores y las alumnas, que al parecer eran del dominio público. Jóvenes confusas, muchas de ellas con claros problemas psicológicos, seducidas por los que se supone que habrían de haberles servido de “guía” en sus carreras.

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No traduciré entero el artículo (al final pondré la fuente para que el que quiera pueda leer toda la historia), pero sí es importante comentar que esta exalumna encontró un archivo que demostraba que el Sarah Lawrence no sólo “elegía con gran cuidado a las alumnas según las capacidades psicológicas de cada una”, en palabras de su director, sino que llevó a cabo durante años una intrigante y sospechosa actitud discriminatoria hacia según qué razas y familias.

La autora finaliza diciendo que, habiendo puesto en conocimiento del actual director los archivos encontrados, éste le dijo que “por el bien del colegio, y por su propio bien, esa información debería quedar oculta”. Louise advierte también que, en cuanto a asuntos internos se refiere, el hermetismo y la mentira están a la orden del día en esta institución. Visto lo visto, necesitaría algo más que su “nota oficial” para confirmar que Linda Eastman no estuvo allí.

Igual que estuvo Yoko, paseándose con aire lánguido por los pasillos del Sarah Lawrence, con su melena larga, totalmente vestida de negro, tratando de encontrar una forma de arte que se le diera bien. Descartada inicialmente la ópera intentó hacer sus pinitos como escritora. Pero uno de sus profesores le indicó que su trabajo era “afectado y falto de autenticidad” y que mejor buscara otra vocación.

Yoko no tenía mucha vida social en la escuela, no entraba dentro del juego de sus otras compañeras de asistir a fiestas de la alta sociedad ni hacer excursiones a los colegios masculinos para buscar novio. De hecho, sólo salía con jóvenes japoneses que hubieran obtenido la aprobación total de su familia.

Sin embargo, repentinamente, decidió no asistir más a clase. No se conocen los motivos, pero se dice que un día Isoko Ono se presentó en la escuela tremendamente enfadada, en una actitud que hizo que Yoko la dejara encerrada en la habitación y se marchara. El escándalo, como es lógico, fue mayúsculo y ninguna de las dos volvió a poner un pie allí.

Poco después, un amigo del primo de Yoko, conocedor de su “pasión” por la música, le presentó al compositor japonés Toshi Ichiyanagi. Por cierto, como curiosidad comentaré que este amigo era hijo del Presidente del Tribunal Supremo de Japón. Yoko la alternativa y sus “nada humildes” contactos.

Yoko cayó totalmente enamorada de Toshi, tanto que se marchó a vivir con él a su piso. A los Ono casi les da un infarto. No es que Toshi no fuera un buen partido, ya que a pesar de ser muy joven cosechaba grandes éxitos en su carrera, pero obviamente no alcanzaba el nivel de la familia. Claro que, por aquel entonces, poca gente en Japón lo hubiera alcanzado.

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Toshi al piano


Yoko y Toshi se casaron en 1957. Aunque en un primer momento los padres de ella no aceptaron el enlace, finalmente acabaron por claudicar e incluso celebraron una gran fiesta a posteriori.

Pero aquel matrimonio fue un auténtico desastre. Un infierno total, especialmente para Toshi. Una conocida de ambos, Hilda Morley, describió aquella relación comentando cómo él “estaba abrumado y apabullado por Yoko, totalmente controlado por ella”. Toshi, años después, contaba:

Yoko jamás estaba satisfecha a menos que la trataras como una reina. Era egoísta y morbosa.

Yoko solía tener relaciones con otros hombres. Muchos hombres. Además, como ella misma contó como si de algo “divertido” se tratara, se quedó embarazada en varias ocasiones, recurriendo posteriormente al aborto. Según dijo, para ella el amor era tener dentro al hijo de otro hombre, pero cuando perdía el interés por él, el embarazo ya no tenía sentido.

En Nueva York siempre estaba teniendo abortos, porque era demasiado neurótica como para tomar precauciones. Salía, tenía un lío y al volver, “vaya, ya la hemos fastidiado”.
(Yoko en una entrevista para Esquire, 1970)

Es absolutamente necesario que retengamos este dato para más adelante. Porque Yoko, estando ya con John, se quedó embarazada en dos ocasiones y tuvo dos abortos “fortuitos”. Cuando en 1975 volvió a quedarse embarazada, amenazó a John con volver a abortar si éste no se encerraba en casa para cuidar del niño. A tenor de lo que hemos visto, Yoko no hubiera tenido escrúpulos para hacerlo, y John lo sabía.

Varios testigos que la conocieron, incluso algunos de sus amantes (uno de los cuales vio la cicatriz de la cesárea), llegaron a decir que Yoko había tenido un hijo en Japón antes de irse a Nueva York. En qué circunstancias ocurrió o qué había sido del niño, es un misterio.

A raíz del contacto con varios compositores y artistas que se codeaban con su esposo, Yoko encontró algo que realmente le interesaba: el avant-garde. Comenzó a visitar galerías y eventos relacionados con este tipo de arte. Su primer contacto fue el compositor La Monte Young (con quien por supuesto acabó acostándose), que la ayudó a empezar su carrera haciendo pequeñas actuaciones. Fue entonces cuando conoció al que sería su gran mentor: John Cage, de quien apenas se separaría durante los años siguientes. Una de sus actuaciones más populares, en las que se dedicaba a quemar un papel en el escenario, fue inspirada por él, que incluso le recomendó utilizar un retardante para que las llamas duraran más tiempo.

John Cage era de todo: compositor, poeta, filósofo… Fue un personaje muy influyente, que sirvió de ejemplo para muchos jóvenes artistas. Tal vez a algunos les suene haber visto a Paul nombrarlo en alguna entrevista.

Cage se movía en todo tipo de ambientes artísticos, incluso solía frecuentar el Sarah Lawrence en busca de nuevos talentos. No había nadie relacionado con el mundo del arte en Nueva York que no le conociera, que no hubiera coincido con él en eventos, conciertos o exposiciones.

Lee Eastman, padre de Linda, era manager y abogado de artistas. Sentía una gran pasión por el arte, llegando a conformar una gran colección de piezas. Resulta bastante extraño que viviendo por esa época en Scarsdale, Nueva York, y centrando su carrera profesional en este ámbito no conociera a Yoko Ono, que ya se había hecho muy popular gracias a Cage. De hecho, uno de sus mejores amigos era el pintor Willem de Kooning, que a su vez había sido compañero de escuela de Cage.

Yoko continuó ascendiendo imparable, adquiriendo cada vez más fama, gracias a la ayuda de cuantos artistas “conocía” (en el más amplio sentido de la palabra). Uno de ellos fue el pintor japonés Shusaku Arakawa quien, años después, llegó a decir:

Era muy dura. Era capaz de matar.

A pesar de que el plan de Yoko de rodearse de contactos importantes para medrar en su carrera estaba siendo todo un éxito, su familia en Japón pensaba que su comportamiento no estaba siendo del todo adecuado. En varias ocasiones la instaron a volver a su país con Toshi, quien se había marchado hacía meses para trabajar en varios proyectos. Yoko se negaba. Pero los Yasuda no eran de los que aceptaban un “no” por respuesta.

Vamos a abordar ahora uno de los capítulos más oscuros y terribles de la historia de Yoko.

La clínica psiquiátrica y la aparición de Tony Cox.

Una mañana de marzo de 1962 dos hombres vestidos de negro se presentaron en el piso de Yoko. Eran trabajadores del Banco de Japón. Sin apenas dejarla coger sus pertenencias, la arrastraron hasta un coche, la llevaron al aeropuerto y la metieron en un avión rumbo a Tokio.

Allí la esperaba su familia, que la llevó a vivir con Toshi, perfectamente enterado y formando parte del plan.

Toshi se las arregló para organizarle a Yoko un show, ampliamente publicitado y con la colaboración de varios artistas que él mismo seleccionaba. Incluso consiguió que fuera la televisión para filmar el evento.

Pero las críticas fueron terribles. Yoko se había presentado en el escenario, se había sentado durante más de media hora ante el piano sin hacer nada, luego lo había aporreado sin piedad y finalmente se había fumado un cigarrillo tranquilamente. El resto del show no fue mucho mejor. Un crítico escribió que lo poco que podía salvarse del mismo había sido descaradamente copiado de otros artistas (y no es el único que ha acusado a Yoko de plagiar).

Sumida en una profunda depresión, Yoko decidió que no quería seguir viviendo. Cada noche intentaba tirarse por la ventana, algo que Toshi, siempre atento a cada movimiento suyo, impedía en el último momento.

Fue entonces cuando la internaron en una clínica psiquiátrica, de la que no se ha facilitado nunca el nombre. Su esposo iba a verla cada día, pero ella no quería saber nada de él y lo rechazaba sistemáticamente. La sometieron a diferentes tratamientos con fármacos sin aparente éxito.

Y aquí es donde va a hacer su aparición estelar el señor Tony Cox.

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Cox, nacido en Nueva York, era músico e hijo a su vez de artistas. Había perdido a su madre a la edad de diez años, lo que hizo que se fugara de casa. Pasó toda su juventud apareciendo y desapareciendo, y relacionándose con el mundo criminal. Acabó siendo un viejo conocido del FBI. Había pasado también mucho tiempo en Land, en Stony Point, una colonia de artistas donde casualmente vivía John Cage, y que está bajo sospecha de tener relaciones con la CIA.

La historia que Yoko contó es que un día Toshi se presentó en su habitación diciendo que había un hombre que deseaba verla. “Seguro que os entendéis muy bien”.

Yoko en aquel momento se negó, pero Cox había conseguido hacer buenas migas con el personal médico y las enfermeras del hospital que la acabaron convenciendo para recibirlo.

Cox había sabido de Yoko en Nueva York (no dijo cómo), se había colado en su piso y se había interesado por su trabajo. Desesperado por conocerla, puesto que se había convertido en “su fan número uno”, había viajado a Japón.

Casualmente y para fortuna de Cox, resulta que hablaba perfectamente japonés. Que me expliquen en qué momento de su desarraigada y miserable vida en la calle había sido capaz de aprender una lengua tan compleja, que le valió para convencer a los médicos de Ono de que le rebajaran la medicación y le dieran el alta. Porque resulta, además, que Cox sabía de medicina y farmacología y fue capaz de argumentar a estos profesionales con poderosos razonamientos.

Cox y Yoko cuentan esta historia con toda normalidad, pero disculpadme si os digo que de normal no tiene nada. Dónde había estado metido Cox, con quién tenía que ver, de dónde había sacado sus conocimientos, por qué Toshi le facilitó el acceso a su esposa y cómo se las arregló para llevársela de la clínica, son puntos tan importantes como a la vez misteriosos.

De hecho, quisiera hacer un inciso para comentar que todo en esta parte de la vida de Yoko es intrigante. Cuesta mucho enfocar a los personajes que la rodearon. Tan pronto es Toshi un “pobre desgraciado” controlado por Ono como es capaz de urdir un plan junto con la familia de ella para arrastrarla a Tokio. Los Yasuda no impiden que Cox influya en los médicos para que la saquen, pero después reniegan de la relación que, como era de esperar, iniciaron ambos tras conocerse, llegando a echarles del piso en el que vivían. Una familia que contrata a dos matones para que, literalmente, secuestren a su hija y se la lleven a Japón, ¿no pudieron hacer nada para quitar de en medio a aquel “extraño” americano que amenazaba por llevarla otra vez por el mal camino? Y Toshi, tan obediente a los Yasuda, ¿le permitió el paso y hasta trató de convencerla para que lo recibiera?

Cox, que aquí parece todo un “hombre de mundo” con impresionantes habilidades, queda luego relegado a un simple mequetrefe a quien Ono engaña y manipula. ¿Quién es quién aquí? ¿Qué información es la correcta? ¿O acaso nos encontramos con que algunos de los datos, que además fueron contados por la propia Ono, son una maraña de anécdotas, convenientemente confusas, para que todo quede en la oscuridad? ¿No se ha sentido nadie tentado de considerar a Yoko una víctima más? Qué curioso…

La mayoría de los datos que expongo sí están confirmados, y desde luego no afectan al esqueleto general del relato, pero, como decía al inicio, a falta de piezas, este puzzle se queda medio vacío. Terminemos de contar lo que le sucedió a Yoko hasta 1966, momento en que las cosas volverán a estar un poco más claras:

Al poco tiempo de salir de la clínica, Yoko se vio totalmente curada de su depresión al saber que John Cage, casualmente (voy a acabar por desgastar esta palabra de tanto usarla) había decidido ir a actuar en Japón justo en ese momento. Emocionada, se dispuso a preparar todo para el evento, incluida su decisión de abandonar a Toshi definitivamente. Éste no se lo tomó demasiado mal, ya estaba con otra mujer desde hacía tiempo, con la que se casaría meses después.

Como no podía ser de otra forma, Yoko se quedó rápidamente embarazada de Tony. Éste la convenció para casarse, cosa que hicieron tras un auténtico caos de bodas y divorcios, pues no se le había ocurrido nada mejor que celebrar el matrimonio sin haberse divorciado antes de Toshi.

La pareja se instaló en un apartamento en las afueras, mientras Yoko se debatía en la duda de si tener o no al bebé. Haciendo gala de nuevo de una profunda contradicción, los Ono-Yasuda ayudaron a Cox a encontrar un trabajo como profesor de inglés.

El culebrón de la vida de Yoko continúa con la extravagante y desagradable anécdota del nacimiento de su hija Kyoko. Un día Tony se presentó en casa de una amiga común gritando: “¡Tenemos ahí a esa cosa!”. Esa cosa era el bebé que esta mujer encontró en brazos de Yoko, tirada en el suelo del baño del apartamento. Había preferido quedarse en casa en lugar de ir al hospital.

La llegada de su hija no les sentó muy bien. Una amiga llamada Barbara Couple-Smith contaba cómo el matrimonio iba de mal en peor. Una noche Yoko llegó a romperle las gafas a Tony, lo metió en la bañera y lo estuvo amenazando con una botella rota en su cuello durante tres cuartos de hora. Pasaban por altibajos, tan pronto se peleaban a muerte como colaboraban juntos con entusiasmo en los proyectos artísticos de Ono.

Poco después viajaron a Nueva York, donde Yoko sentía que tenía más posibilidades de promocionarse. Durante esta época, desde 1962 hasta el 66, ambos viajarían regularmente a Londres, y este dato es fundamental, como veremos en seguida.

Pero antes quisiera hablar de la pequeña Kyoko y sus terribles primeros años de vida. Y digo terribles porque sufría de una desatención total. En un primer momento, Yoko no la quería tener en casa –según ella, suponía un estorbo y una “distracción”- y Cox se vio obligado a dejarla al cuidado de una amiga la mayor parte del tiempo.

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En los momentos en que estaba bajo su tutela, solían dejarla sola en el piso, sentada sobre unos papeles de periódico para que hiciera sus necesidades (no la habían enseñado a ir sola al baño), con comida y bebida cerca y un montón de cucarachas subiéndole por las piernecitas.

Y es que Yoko andaba muy ocupada con sus nuevos proyectos, uno de los cuales es interesante mencionar. Se trata de una película grabada en 1965 y llamada “Satan’s bed”.

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El título y la temática –de extrema violencia, ligeramente orientada al ritual y con una carga sexual que roza el porno –resultan muy impactantes, lo cual no es de extrañar sabiendo quiénes fueron los directores: Michael Findlay y su esposa Roberta. En los años sesenta y setenta se hicieron famosos por sus grotescas películas, donde las violaciones solían ser el argumento principal. La violencia que exponían iba más allá de lo meramente ficticio, llegando incluso a aprovecharse de los crecientes rumores que circulaban por aquel entonces en Nueva York sobre la existencia de películas snuff, por las que se sentían muy interesados. Para ello escenificaban muertes y torturas de una forma extremadamente verosímil, tanto que mucha gente llegaba a dudar si habían sido reales o no.

Se ve que a Ono le atraían este tipo de cosas. Años antes, en su libro Grapefruit, ya había escrito perlas como:

Mata a todos los hombres con los que hayas dormido. Coloca los huesos en una caja y tíralos al mar.

En agosto de 1966 Yoko recibe una invitación que cambiará para siempre su vida y la de muchas personas.

Llegada a nuestra historia.

Esta invitación vino de la mano del crítico de arte Mario Amaya, ayudante por aquel entonces del director de la revista Royal Opera House, y que tan sólo tres años después se convertiría en Conservador Jefe de la Galería de Arte de Ontario.

Era amigo de Robert Fraser, al que ya nombré en un capítulo anterior, por haber sido la inspiración de la canción “Doctor Robert”. Debo decir que, allá donde veáis el nombre de este personaje, echaos a temblar. En mi gráfico de conexiones aparece absolutamente en todas las vertientes posibles de esta gran trama. Según Anita Pallenberg y otros testigos, fue el primer hombre en tener LSD en Gran Bretaña. No lo vendía, lo regalaba, y la fuente de donde lo obtenía era nada más y nada menos que Michael Hollingshead, precursor de la investigación con LSD y personaje clave en su difusión por USA e Inglaterra. De hecho, fue él el que se lo mostró a Timothy Leary. Fraser era un asiduo de la Indica Gallery y un ferviente seguidor de Aleister Crowley. Y si recordáis, luego fue muy amigo de Faul. Pero hay muchísimo más que hablar de él, y ahora no es el momento de entrar en detalles.

Pues bien, Mario Amaya, a instancias de Robert Fraser, invitó a Yoko a participar en un evento que se celebraría en Londres ese mes de septiembre: el Simposio para la Destrucción del Arte. Yoko aceptó entusiasmada la oferta y se trasladó a la capital londinense. Uno de los primeros lugares que visitó fue la calle Mason’s Yard, que se había convertido en el centro del ambiente “underground” de la ciudad. Y donde se encontraba la sede de la Indica Gallery.

Hay que comentar que esta exposición causó un gran impacto en Pete Townshend, tal y como adelantaba en el capítulo sobre los Who, y sirvió de influencia para sus violentos e irreverentes shows.

Un mes después aparecerá en otro importante evento, que también conocemos: la (re)inauguración de la revista IT Finacial Times, publicación que promovía la Indica Gallery. Un evento al que asistió un “Paul McCartney” con la cara tapada. Un evento organizado por Barry Miles, John Dunbar, Peter Asher y, cómo no, Robert Fraser, que financiaría, promovería y publicitaría su siguiente exposición:

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El evento de la IT le vino muy bien a Yoko, a juzgar por el contrato que consiguió, aunque su intervención se limitó a presentar al grupo estrella de la noche, los Pink Floyd. Se codeó con los invitados, tuvo conversaciones con Fraser, se acercó a Dunbar… Pero no vio a “Paul McCartney”. ¿O sí?

La gran mentira.

El hecho más importante dentro de la historia de Yoko, por fortuna para nosotros, es que sus primeros momentos en este asunto se basan en una descomunal mentira: ella no sabía nada de los Beatles cuando conoció a John Lennon en noviembre del 66.

Y no es que lo dijera una vez, es que lo ha mantenido durante toda su vida. Lo aseguró en varias entrevistas, y hasta John lo recalcó también. Se preocuparon muchísimo de dejar claro este punto.

Minuto 1:23, John: “ella no sabía nada de nosotros”.

http://www.youtube.com/watch?v=D1KZGPYjleE

Resulta que, curiosamente, es una de las afirmaciones más fácilmente rebatibles de cuantas hemos visto a lo largo de estos años.

En primer lugar, como ya hemos comentado en varias ocasiones, esta señora pasó los años sesenta entre Nueva York, Japón y Londres. La música de los Beatles sonaba en todas las emisoras de radio y en la televisión. Sus álbumes copaban las tiendas de discos, sus fotos y pósters decoraban las paredes de medio mundo. Miles de fans se agolpaban enloquecidas en plazas, aeropuertos y estadios. A menudo las cadenas de televisión comenzaban sus noticiarios con alguna novedad referente a la banda: han llegado a esta ciudad, preparan su siguiente concierto en este otro sitio, se ha formado un enorme tumulto a lo largo del recorrido que han hecho hasta su hotel… No hace falta que siga, todos conocemos el impresionante fenómeno conocido como la “Beatlemanía”. Y Yoko Ono, que además se codeaba con conocidos músicos, que estaba en el centro del movimiento artístico de las ciudades más cosmopolitas del planeta, no sabía nada de los Beatles. Absolutamente ridículo.

Pero, si por alguna extrañísima conjunción de inverosímiles circunstancias, esto hubiera podido ser posible, resulta que se la sitúa en septiembre de 1966 en la sede de la Indica Gallery, invitada por Robert Fraser, hablando con Peter Asher, y asistiendo un mes después a un gran evento al que supuestamente asistió Paul McCartney.

Y es que Faul tiene otra versión de los hechos, del que además se hizo eco Albert Goldman en su libro “Las muchas vidas de John Lennon”, y que confirmó también Barry Miles.

Según Faul, conoció a Yoko Ono antes de que Lennon apareciese por la Indica en noviembre del 66. Al parecer, el acercamiento se produjo con motivo del próximo cumpleaños de su gran amigo John Cage.

Cage estaba preparando un libro de poemas y canciones, y Yoko quería regalarle algunas letras, por lo que decidió contactar con “McCartney”, que obviamente era uno de los más importantes compositores del momento. Según Faul, se negó tajantemente, pero le recomendó que probara a contactar con John Lennon, mucho más abierto a este tipo de cosas.

Aquí tenemos una entrevista de Faul en su primera visita al show de Howard Stern, el 18 de octubre de 2001, diciendo claramente que se encontró con Yoko antes de que ella y John se conocieran. Cuando Stern le pregunta cómo es posible, siendo que Ono siempre ha afirmado no saber quiénes eran los Beatles, Faul se pone nervioso, dice no estar seguro e intenta dejar el tema.

http://youtu.be/pt3wSI9CVbQ

Habrá quien, como yo en su momento, se pregunte a santo de qué Faul suelta esto, arriesgándose a poner en peligro todo el asunto. Hace falta recordar su bajo para diestros, su tumba en la que ve el nombre pero no el apellido, su Yesterday en el 64, etc.… Para llegar a la conclusión de que Faul no es muy listo o le da igual todo. Y tampoco Barry Miles quien simplemente se dedica a transcribir lo que el otro le cuenta sin preocuparse de si se lo van a poder rebatir o no. “Miente, que algo queda”.

Pero en cuanto se les pone en duda públicamente se ponen nerviosos y meten la pata, y por eso Miles, en una entrevista para el Daily Telegraph, en octubre de 2002, dijo esto al ser preguntado por la contradicción entre su versión y la de Yoko:

Ella sabía exactamente quiénes eran (cuenta de nuevo la anécdota de los manuscritos de Cage). Pero ella le dijo a John que nunca había oído hablar de los Beatles y él la creyó.

Mr. Miles, debería usted retirarse o unirse al PID. Haría más papel que ahora…

La fecha de tal encuentro no está muy clara. Algunas fuentes, como la de Miles, lo sitúan convenientemente en diciembre del 65. Mucha antelación para comprarle un regalo de cumpleaños a Cage, cuya fecha de nacimiento era el 5 de septiembre. Otras hablan de comienzos del 66.

Tampoco concuerdan aquellas fuentes que dicen que se trataba del cincuenta cumpleaños del artista, pues en el 65 tendría ya 53. Ni esas otras que dicen que era el cumpleaños cincuenta y cinco, un número “mágico” e importante que Yoko quería celebrar de manera especial, pues no alcanzaría esa edad hasta septiembre del 67. De la de Faul mejor ni hablamos, porque él habla del “sesenta cumpleaños”.

Sí que es cierto que Cage publicó ese libro, llamado Notations, pero años después, en 1969. En él se incluye un manuscrito de la canción “The Word”, de John Lennon, además de otros de McCartney, que no había querido oír hablar de cederle ninguna letra, pero que mira por dónde cambió luego de opinión. No hay que darle muchas vueltas al libro de Cage, se trata simplemente de una excusa para el supuesto contacto previo de Yoko con un Beatle.

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Lo más interesante es que Albert Goldman, que ha demostrado saber muy bien cómo y con quién documentarse, sitúa este encuentro entre septiembre y octubre del 66, coincidiendo en la historia oficial con la llegada de Yoko a Londres y sus contactos con la Indica.

Todo este asunto es ciertamente muy extraño, y sin embargo ha habido poca gente que lo cuestionara, o al menos cuestionara a Yoko en su afirmación de que, por no saber, no sabía ni quién era John Lennon hasta que no lo tuvo delante de sus narices y Dunbar le explicó el personaje tan influyente que era.

Pero esto también fue rebatido por Reggie King durante una entrevista en 1995. Reg fue cantante del grupo británico “The Action”, que tuvo mucho éxito en los años sesenta, y cuyo productor fue, durante un tiempo, George Martin.

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En este momento la entrevista gira en torno a la zona londinense llamada “The Marquee”, conglomerado de pubs y punto de reunión de numerosos artistas, donde The Action solían actuar. Allí fue donde conoció a los Who cuando estaban empezando.

El entrevistador recuerda que Reg, anteriormente, había contado una curiosa anécdota sobre otro personaje famoso con quien también había coincidido allí:

También conociste a Yoko Ono antes, ¿cierto?

Sí, me encontré con Yoko en el Middle Earth, en Covent Garden. Ella dijo: “Reggie, te pareces mucho a John Lennon” –lo cual ya me habían comentado antes, porque creo que sí me parezco un poco a él. “De veras que me gustaría conocer a John Lennon” –dijo ella. Como teníamos el mismo productor que los Beatles ella no me dejaba en paz. Pero no era a mí a quien quería, era a John. Así que le dije: “Mira, si esto ayuda, John va ocasionalmente al pub The Speakeasy. Le veo allí a veces los martes por la noche”.

El martes siguiente ella estaba allí. En la otra ocasión ella había llevado un vestido lleno de flores, en plan atuendo psicodélico, pero en el Speakeasy llevaba un estilo “chica del West End”, toda elegante y delicada. Esa noche Paul y John entraron. Paul dijo hola. Y John solía decirme (adoptando un fuerte acento de Liverpool): “¡Hey, Action Man!” Eso era todo lo que me decía, ¡pero al fin y al cabo me hablaba! Yoko se quedó pasmada, “Wow, realmente conoces a los Beatles”.

Lamentablemente Reggie no especificó la fecha concreta de este encuentro, lo cual habría sido de gran ayuda. Se puede deducir que el “Paul” que entra en el pub no es Faul, pues desde septiembre hasta noviembre del 66 John y él no coinciden ni están apenas en Londres, mucho menos paseándose por pubs. Teniendo en cuenta la cronología de los Beatles durante aquel año, la historia de Reg se tendría que situar, como muy pronto, en junio.

Tampoco sabemos si Yoko llegó a hablar o no con John aquella noche, pero, a juzgar por cómo se sucedieron los acontecimientos durante el encuentro oficial, lo dudo mucho. Yoko acechaba, pero no intervenía. Ese atuendo “West End” al que hace referencia Reg es un estilo de vestir muy sencillo, comedido y refinado: trajes oscuros de corte recto, muy discretos, pelo recogido, sin apenas maquillaje. Tal vez no quería llamar la atención.

Además, volvemos a encontrar otro detalle que une a Ono con Eastman: ambas se habían dedicado a perseguir al Beatle con el que más tarde se acabarían casando, cuando ni siquiera lo conocían.

Que cada uno elija el argumento que prefiera, pero está claro que Yoko miente cuando dice que no sabía nada de los Beatles ni de John Lennon antes de noviembre del 66.

Pero, ¿por qué ese empeño en que todo pareciera casual?

La segunda gran mentira: cómo empezó la relación con John.

8 de noviembre de 1966. Tras volver de España y haberse enfrentado a la realidad que le esperaba en Londres, durante un viaje de ácido que duraba ya varios días y con un intento de suicidio de por medio, Lennon es arrastrado por John Dunbar a la Indica Gallery.

Al parecer, Dunbar pensaba que John no podía esperar al día siguiente, cuando comenzara oficialmente la exposición. Tenía que verla ya. Era mejor un ambiente tranquilo y relajado, donde John pudiera contemplar con calma la exhibición sin tener que sortear a los visitantes y pudiendo hablar con Yoko sin intromisiones. El momento preciso, el ambiente idóneo, la artista perfecta:

Siempre había soñado con conocer a una mujer artista de la que me enamoraría.

John mismo describíría después el impacto que le había causado la obra de Yoko, aquel diminuto “Yes” escrito en el techo, esa placa que invitaba a clavar un clavo, esa manzana que estaba a la venta por doscientos dólares. Pareciera como si todos aquellos elementos concordaran perfectamente con su forma de pensar, su gusto por los juegos, su amor por la simbología. Es indudable además que el hecho de estar bajo los efectos del LSD, que engrandece las formas y los colores, favoreció notablemente esta sensación de sorpresa.

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Hasta aquí, todos los hechos son ciertos. Pero luego se nos cuenta que John se sintió atraído en seguida por esa mujer especial, a la que quería conocer mejor, de la que no deseaba separarse. Como si todo hubiera empezado aquella noche.

Esta historia a lo película romántica hollywoodiense es muy bonita, y la verdad es que resulta agradable pensar que pudiera haber sucedido así: chico conoce chica, hay un flechazo inmediato, surge el amor e, inmediatamente, el deseo de tener una relación. Pero esto es mentira. Es la segunda gran mentira de la historia de Yoko. A John sí le gustó el arte, como cabía esperar, pero no la mujer.

Albert Goldman fue muy criticado por su versión. En su libro “Las muchas vidas de John Lennon” se expone, en contra de la historia oficial, que John al principio no quería saber nada de Yoko. Pero Goldman no se lo inventa ni lo deduce, sino que se basa en el testimonio de varias personas, entre ellas el chófer de John, Les Anthony, que entró aquella noche con él en la galería:

Yoko estaba esperando. En cuanto vio a John se agarró a él como una lapa. Se cogió de su brazo mientras íbamos recorriendo la exposición, hablándole con aquella extraña voz aguda tan característica de ella, hasta que John, por fin, consiguió zafarse.

El relato de John y Yoko era ligeramente distinto: ella se mostraba indiferente mientras él paseaba entre las obras. John pidió poder clavar un clavo en una tabla y ella se negó, momento en que Dunbar le dijo quién era. Ese “se agarró como una lapa” y el “consiguió zafarse” no encajan demasiado en el idílico momento descrito por la pareja.

Ni tampoco la continuación del relato de Les Anthony, que cuenta cómo, al salir John de la galería, Yoko lo persiguió hasta el coche, sugiriéndole que la llevara a tomar algo. Él se excusó rápidamente diciendo que tenía que ir al estudio. “Llévame contigo” –dijo Ono. “No, es que estamos muy ocupados”-respondió John, inquieto por tanta insistencia.

Goldman sigue explicando cómo a partir de ese momento comienza lo que él llama eufemísticamente “persecución”, y yo prefiero definir como acoso.

Durante semanas, Yoko se aposta en la puerta de los estudios de Abbey Road, intentando atraer la atención de John cuando éste entra o sale. Al no conseguirlo, pasa a hacer guardia permanente frente a Kenwood, la casa de los Lennon. Horas y horas, bajo la lluvia y el frío intentos de aquel otoño londinense.

Cynthia, en su biografía, avala totalmente lo expuesto por Goldman, comentando que le daba tanta pena verla allí fuera que a veces la dejaba entrar para que pudiera llamar a un taxi y marcharse a su casa.

En una ocasión, Yoko se metió por sorpresa en el coche en el que iban ambos, siendo obligada a salir inmediatamente. Enviaba notas a John cada día, pidiéndole una cita para hablar de su arte, solicitando apoyo económico con su exposición, incluso amenazando con suicidarse. Una vez le envió una taza rota pintada de rojo como si fuera sangre. John, sin embargo, se resistía a atender a sus demandas, mientras que Cynthia estaba cada vez más preocupada.

Otro detalle importante a tener en cuenta es el tiempo que, oficialmente, tardó la pareja en iniciar su relación. Siempre se ha hablado de dieciocho meses, para acercarlo lo más posible al momento en que John y Cynthia hacen público su divorcio y, por qué no, para darle una explicación a esas canciones que Lennon escribió en Rishikesh, llenas de pena y confusión en las que buscaba una respuesta, tipo “Mother nature’s child” o “India”. Era más fácil atribuir estas letras a la “duda” que tenía John entre Cyn y Yoko que permitir que los fans se preguntaran qué le atormentaba realmente.

Pero lo cierto es que el feroz acoso de Yoko no tardó tanto en surtir efecto. Según Les Anthony:

John empezó a flaquear. Un día Cynthia se encontraba fuera de la ciudad y Yoko llegó a la casa de ellos para discutir con John el patrocinio de una exposición. Dijo que se trataba de una reunión de negocios. Pero no se marchó hasta la mañana siguiente, y a partir de entonces John no la dejaba en paz. Durante aquellos primeros días, mucho antes de que John dejara a Cynthia, él y Yoko solían cortejarse, por decirlo educadamente, conmigo al volante de la limusina llevándoles de un sitio a otro.

Anthony sitúa este hecho apenas unas semanas después del primer encuentro en la Indica.

Como ya adelantaba, Goldman fue objeto de furibundas críticas por atreverse a cuestionar la historia oficial. Se le acusó de morboso, mentiroso y oportunista. Pero poco después su versión se vio, de nuevo, avalada por un importante personaje: Tony Bramwell.

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Tony es todo un personaje en la historia Beatle. Conoció a los chicos en Liverpool, cuando eran todavía muy jóvenes, y luego entró a trabajar en la NEMS con Brian Epstein, puesto que cambió posteriormente por el de Director Ejecutivo de la Apple Records. Ha escrito varios libros sobre la banda, y si recordáis, tenemos que agradecerle que fuera tan exacto en su relato del supuesto accidente de moto de Paul, basándose en la versión de éste y ayudándonos a rebatir la historieta falsa de Faul.

Durante una entrevista en 2011 realizó las siguientes revelaciones sobre John y Yoko:

Entrevistador: En aquel momento, cuando un Beatle podía tener a cualquier mujer del planeta, ¿recuerda qué pensó usted cuando John presentó a Yoko como su novia?

Tony: Recuerdo que al principio John no soportaba a Yoko. Era otra slag (“escoria”) que andaba por ahí. La historia que se suele contar es que estaban locamente enamorados desde el principio, pero la verdad es que Yoko persiguió a John a pesar de la indiferencia de él. No era más que una acosadora.

Entrevistador: ¿Cómo acosaba a John?

Tony: Por la mañana, se quedaba abajo hasta que veía a John. A veces durante horas. Entonces John se sentía mal y bajaba y hablaba con ella, pensando que tenía que hacerla sentir mejor comprándole un almuerzo o llevándola a cenar. Pero a veces no la dejábamos entrar y ella se escondía detrás de los coches estacionados en la calle hasta que lo encontraba y le daba un poema o cualquier cosa. Él no se la tomaba en serio.

Entrevistador: ¿Y qué cambió?

Tony: Bueno, como por arte de magia desapareció con ella un día para un polvo, y volvió diciendo que no podía vivir sin Yoko. De la noche a la mañana. Yo medio pensaba que ella lo había hechizado al pobre, que le hizo un trabajo de magia. Una vez John me pidió que fuera a buscar unas cartas que había dejado en casa de Yoko. Estaba muy preocupado de que cayeran en las manos equivocadas.

Tony es un hombre bastante serio. No es que se haya prodigado en bromas, y mucho menos en mitos, durante los años que ha dedicado a contar su versión de la historia Beatle. Por eso resulta curioso que se aventure a hablar de “magia” para relatar el drástico cambio en la actitud de John.

Pero, muy a mi pesar, esta palabra está más ligada a Yoko Ono de lo que quisiera. Durante estos años de investigación he hecho lo posible por ser prudente en según qué temas. Ya me arriesgué demasiado al valorar la “inspiración” de John Lennon en la canción de Carl Perkins, o al exponer el video en el que Faul aseguraba que andaba por ahí el fantasma de John.

Pero ni esas fuentes eran mías, ni la supuesta “magia” de Yoko es algo que yo invente. Hay infinidad de fuentes que hablan de ello, demasiadas como para no tenerlas en cuenta. Eso sí, me gustaría aclarar de antemano mi postura al respecto citando una frase:

“Magia es la ciencia que aún no conocemos”.

Yoko y la magia

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Es muy conocida la obsesión de Yoko por el espiritismo y las ciencias ocultas. Sin embargo, no encontramos ningún indicio de que se hubiera interesado por estos temas en su niñez o en su juventud. Es después de conocer a John cuando comienza a introducirse en este tipo de actividades.

Y es que a John le preocupaba mucho el tema de la muerte, a raíz de la pérdida de su madre. Era tal el miedo que sentía que necesitó dejar una luz encendida por la noche, durante muchos años, para poder dormir. Se cuenta que poco después del fallecimiento se reunió con algunos amigos para realizar una sesión de ouija con la esperanza de contactar con Julia. Curiosamente, en 1967 volvió a hacer otro intento junto a George y Ringo, después de la supuesta muerte de Brian. John anhelaba poder contactar con el más allá, y fue providencial que Yoko decidiera interesarse por la transcomunicación. Le hizo creer que podría ayudarle, y le fue introduciendo, poco a poco, en todo un mundo lleno de magia y ocultismo.

Existe una anécdota muy curiosa y a la vez inquietante, muy documentada en varias fuentes y de la que se han hecho eco algunos programas de radio y televisión dedicados al misterio. Se trata de la bruja Lena.

A mediados de los setenta Yoko decidió visitar a una supuesta bruja que vivía en una pequeña aldea de la selva colombiana. La historia de esta mujer está envuelta en la leyenda, hasta el punto de describirla como un ser de dos metros de alto, con seis dedos en cada mano y extremadamente fuerte. Era plena conocedora de los entresijos de la magia negra.

Yoko acudió a ella, en compañía de John, en busca de consejo, con una larga lista de personas a las que odiaba, para pedirle que la ayudara a “echar una maldición” sobre ellas. Lena le dijo que para ello era necesario realizar un ritual que incluiría un sacrificio humano. Yoko se lo pensó mucho pero finalmente decidió probar con un sacrificio animal.

Yoko llegó a pagar 60.000 dólares a Lena por sus servicios. Estuvo mucho tiempo con ella, aprendiendo de sus conocimientos. Se dice que sus peticiones eran tan íntimas y crueles que Lena acabó por negarse a continuar ayudándola.

Obviamente, hay que coger este relato con pinzas. No porque sea falso que Yoko, efectivamente, tuviera contacto con esta señora, sino porque cabe dudar y mucho de sus supuestos poderes o del interés real que tuviera Yoko en este asunto.

Lo verdaderamente importante es que John, condicionado e influido por su esposa, llegó a creer totalmente que ella estaba adquiriendo un gran poder a través de las enseñanzas de Lena, y acabó por tenerle mucho miedo.

Aparte de la magia negra y el espiritismo, Yoko sentía verdadera devoción por el Antiguo Egipto. En el apartamento del Dakota había una habitación llamada “El Salón de la Pirámide”. Tenía un escritorio de estilo egipcio, con relieves de marfil en las patas, y la silla donde Yoko se sentaba cada mañana para firmar documentos y gestionar sus negocios era una réplica exacta de un sillón hallado en la tumba de Tutankamón. Numerosas cabezas de dioses jalonaban los muros de la enorme sala, e incluso tenían una momia, con sarcófago incluido.

Yoko y John financiaron excavaciones clandestinas en diversos puntos de Egipto con la esperanza de encontrar tesoros escondidos. Viajaron allí en varias ocasiones, visitando los lugares más emblemáticos y entrando en viejas tumbas.

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Yoko le aseguró a John que ella misma, en la otra vida, había sido una reina egipcia, y justificaba sus incursiones con el deseo de encontrar testimonio de su pasado remoto.

Esta ornamentación egipcia no era lo único raro que se podía encontrar al visitar el apartamento de los Lennon en el Dakota, ya de por sí un lugar inquietante por su pasado. Había una habitación totalmente negra (paredes negras, muebles negros, cortinas negras) y otra completamente blanca. Del techo del dormitorio de la pareja colgaban unas curiosas cortinas, hechas con cuentas, que Yoko había comprado a un mago y que, según le aseguró a su esposo, servirían para protegerle de los malos espíritus.

Otra de las aficiones de Yoko era la numerología. Para ella todos los números tenían un significado especial y había que interpretarlo. Tenía en cuenta la fecha de nacimiento de todos aquellos que tenían algún contacto con ella o pretendían tenerlo, ya fuera la limpiadora del apartamento o un periodista que deseara entrevistarla. Tenemos el testimonio de David Sheff o de Julián Ruiz, que se vieron obligados a facilitarle no sólo la fecha y hora exacta de sus nacimientos, sino también sus cartas astrales, antes de poder poner un pie en el Dakota. Para Yoko el número 9 era fundamental, coincidiendo una vez más con John, que ya había plasmado su gusto por este número en su canción One after 909. De hecho, uno de los argumentos que esgrimió ante John para adquirir su vivienda en el Dakota fue que estaba en la calle 72 y era el apartamento 72, cuyos dígitos sumaban 9.

Y esto nos lleva a comentar un dato que llama poderosamente la atención: el nacimiento de su hijo Sean, el 9 de octubre de 1975, mismo día que John. Si ya es raro llegar a creer que esto fuera fruto de la casualidad, todavía se torna más inverosímil siendo conocedores de la importancia que le daba Yoko a las fechas. Sean nació por cesárea, y las cesáreas, como todos sabemos, se pueden programar.

Y para finalizar con este apartado hablaremos de un tema que ocupaba un lugar primordial en la vida de Yoko, y por ende de John. Estudiosa de las ciencias ocultas y creyente en la astrología, Ono no tomaba absolutamente ninguna decisión sin consultar el Tarot.

Y para ello contrató al que acabaría llamando “El Oráculo”, un tarotista, profundo conocedor de la astrología y la magia, llamado Charly Swan.

Swan les leía las cartas del Tarot todos los días. No tomaban una sola decisión si él no lo aprobaba en función de lo que había visto. Ono le decía a John que, gracias a su ayuda, sus negocios cada vez prosperaban más y su situación económica se veía día a día mejorada. Swan se convirtió en su “mago de cabecera”.

Antes de adquirir cualquier propiedad u obra de arte, o incluso para planificar un viaje, era imprescindible asesorarse con él. Les aconsejaba qué día era más favorable para cerrar una operación financiera y qué negocios les iban a reportar más beneficios. Antes de encontrarse con alguien, les avisaba de si esa persona era conveniente o no para ellos.

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Después de leer todo esto, cualquiera diría que sólo hay dos opciones: o creer a pies juntillas en el poder mágico de Yoko y su “Oráculo” (no seríamos los primeros) o pensar que esta mujer estaba completamente loca.

Ni lo uno ni lo otro. Yoko puede ser descrita de muchas formas, pero en mi opinión, ni está loca ni mucho menos es tonta. Siempre ha sabido exactamente lo que hacía.

Pensemos: un hombre obsesionado con la muerte, que ha perdido a su madre y a dos de sus mejores amigos de la peor forma, que está viviendo una situación insostenible, entre lo real y lo irreal, inmerso en una existencia plagada de mentiras y acorralado por la mala conciencia.

Un hombre que vive con una mujer que le convence de que la comunicación con el más allá es posible y que ella puede adquirir enormes y terribles poderes con los que controlar el destino de la gente. Una mujer que lo lleva a conocer a una supuesta “bruja” y le hace presenciar un macabro ritual; que crea una atmósfera asfixiante en su propia casa, donde cada detalle recuerda, día a día, que existen fuerzas que no se pueden manejar.

Un hombre que vive aterrorizado, que se sabe vigilado, al que se le convence de que tiene que protegerse de los malos espíritus, que tiene que consultar todos los días a un mago para tomar decisiones, incluso si tomar el té con leche o sin azúcar.

Este hombre no pondrá un pie en la calle ni hará absolutamente nada sin consultarlo previamente. Es un hombre absolutamente controlado.

Pero no es sólo en el aspecto esotérico donde podemos encontrar manifestaciones del absoluto poder de control de Yoko sobre John. Hay detalles mucho más mundanos y también más conocidos.

Un hombre controlado por su mujer.

¿Cuántas veces hemos leído esto? ¿En cuántas biografías, en cuántas fuentes, en cuántas páginas web donde se habla de la relación entre John y Yoko?

Y no se les puede culpar, porque desde el primer momento, desde ese “hechizo de magia” que según Bramwell ella utilizó para que John sucumbiera a sus encantos (cualesquiera que fuesen), la vida de John pasó a girar totalmente alrededor de Yoko.

Cuando John se casó con Yoko dijo: “Yoko es ahora parte de mí. En otras palabras: al igual que tengo manos, tengo a Yoko. Soy yo. Donde yo esté, está ella”. Y era difícil de manejar. De repente ella aparecía en la sala de control. Ni me la presentaron, pero se sentaba allí. Se sentía su influencia.
(George Martin, film Imagine)

La presencia de Yoko en el estudio resultaba agobiante. Parte del álbum Abbey Road se grabó con ella tumbada sobre una cama que le habían instalado allí para recuperarse de su último aborto. No lo dejaba ni a sol ni a sombra. Estaba constantemente junto a él, con la nariz pegada al mástil de su guitarra, analizando cada palabra, cada movimiento. Incluso le acompañaba al baño, provocando las burlas de los presentes, que llegaban a preguntarse si no iría para limpiarle el trasero.

Por ese entonces Yoko había empezado a practicar con él una extraña actividad llamada “conciencia elevada”, consistente en que la comunicación verbal entre dos personas conectadas a través de verdades ulteriores es innecesaria y, por tanto, cuando Yoko hablaba, en todo momento hablaba en nombre de Lennon.

Cómo no olvidar aquella frase que John le escribió a George cuando rechazó su invitación a participar en su Concert for Bangladesh:

¿Cuándo vais a comprender de una vez por todas que John y Yoko son una sola persona y por lo tanto indivisible?

Por mucho que nos hayan intentado vender como cierta la historia del amor incondicional de los Ono-Lennon, esta relación era en realidad antinatural y enfermiza, plagada de extravagantes anécdotas.

Pero hay dos de ellas que tienen suma importancia. En su momento hablé de aquella extraña sesión de “hipnosis” a la que había sido sometido John por Yoko, con la excusa de ayudarle a dejar de fumar. Coincidió con el fin de su relación con May Pang, que al día siguiente no pudo evitar que se le saltaran las lágrimas al verlo ido, sin conciencia, con la mirada perdida e incapaz de articular palabra.

En la página 237 del libro The love you make, de Peter Brown, nos encontramos con que años antes Yoko ya había recurrido a estas prácticas.

En 1969, tras el extraño accidente en Escocia, Yoko experimentó uno de esos repentinos arrebatos de querer reunirse con su hija. Tony Cox, sin embargo, se manifestó en contra de dejarle a la niña. Él y su nueva pareja vivían por aquel entonces en una granja-comuna en Dinamarca (de nuevo esas curiosas granjas).

John y Yoko fueron a visitarle para ver a la niña y pedirle a Cox que les dejara pasar con ella la primavera. Esto es lo que ocurrió:

Cuando ellos fueron a la granja de Cox, en aquellos campos helados y baldíos de Aalborg, se encontraron con que Cox estaba teniendo su propio viaje. Era totalmente contrario al uso de cualquier droga, cigarros, alcohol, y fueron obligados a vaciar sus bolsillos y su equipaje de cualquiera de estas viles sustancias antes de que se les permitiera acceder a la granja. Cox estaba envuelto en un grupo llamado “Los Precursores”, que eran una especie de comuna cósmica, y dos de sus miembros, llamados Hamrick y Leonard, fueron llamados para hipnotizar a John y hacer que dejara de fumar. John, que raramente era visto sin un cigarrillo en su mano, accedió al ritual, en parte para complacer a Cox. Entonces, para hacer que el evento pareciera todavía más surrealista, John y Yoko accedieron a cortarse el pelo por una peluquera del granero donde vivía Cox. Los cortes de pelo fueron prácticamente al cero, y ambos nunca habían lucido más horribles y esqueléticos. Los mechones fueron guardados en unas bolsas de plástico para usarlos después.

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Fotografía tomada unos meses después, cuando ya les había crecido algo el pelo.

Otra sesión de hipnosis, la misma excusa. John tratando de no contradecir a Cox para que no les negara lo que a Yoko en ese momento parecía importarle más en el mundo: ver a la hija a la que años antes dejaba tirada sobre papeles sucios y rodeada de bichos para marcharse de fiesta.

A Yoko le empezó a interesar mucho la hipnosis, coleccionaba libros sobre el tema que leía con profusión para poder practicar después. A mediados de los setenta convenció a John para que se hiciera adepto de una nueva tendencia llamada “Dream Power”. Consistía en intentar programar los sueños que iba a tener cada noche. Pero lo más interesante de todo es que Yoko, justificando que era necesario para que la práctica tuviera éxito, le propuso que llevara un diario de sus sueños. Diario que ella, al día siguiente, revisaba con atención.

De esta forma podía saber exactamente con qué soñaba John.

Y ahora, volvamos a Tony Bramwell, esta vez en la página 261 de su libro Magical Mystery Tours: my life with The Beatles:

Qué sucedió aquella noche, sólo puede ser dejado a la imaginación, pero dado que, evidentemente, no eran dos vírgenes que se acostaban juntos por primera vez, ¿lo hipnotizó Yoko, tal y como algunos de sus amigos pensaron que había hecho, o le dio alguna poderosa droga de su arsenal?

En verdad que nadie creyó que John se enamorara en una noche, porque, ¿por qué no lo había hecho antes? Él había estado pateando a Yoko durante un tiempo. Es más, él había dado la impresión de que ella le molestaba, la despreciaba. Así que debe haber sido algo muy potente lo que hizo que John cambiara repentinamente de un affaire casual a una obsesión loca.

A partir de esa noche él ya no tuvo voluntad por sí mismo. Era terriblemente sorprendente, todo el mundo estaba confuso por la forma en que John había dado una vuelta de campana y había caído locamente enamorado de ella hasta el punto de ser una obsesión. Poco después John empezó a usar la heroína, a la que Yoko le había introducido.

Bramwell ha cambiado su “magia” por drogas e hipnotismo. Mucho más verosímil, ¿verdad?

John contra Yoko

Pero, a pesar de todo lo que hemos visto, que hace que veamos a John como alguien acobardado y sumiso, convencido de que su vida sólo tiene sentido si está al lado de su mujer, hay ciertos detalles que parecen indicar que Lennon, a veces, trataba de rebelarse. Como si en ocasiones tuviera momentos de lucidez.

En 1970 John se interesó por una forma de psicoterapia creada por el doctor Arthur Janov, llamada “Terapia Primal”, con una base muy cercana al psicoanálisis. Janov aseguraba que todas las neurosis tienen su origen en sentimientos reprimidos provocados por traumas del pasado. Para solucionarlos era necesario volver a revivir aquellas situaciones para poder expresar esos sentimientos libremente.

Un día, no se sabe cómo, apareció una copia del libro de Janov en el buzón de la casa de John. Tras leerlo se quedó impresionado, pues se sentía plenamente identificado con las conclusiones del doctor. Sentía que, efectivamente, había una serie de situaciones en su vida en las que no había podido dar rienda suelta a su dolor, y que podrían estar ocasionándole serios problemas de angustia. Contactó inmediatamente con Janov para pedirle que le sometiera al tratamiento.

Un detalle curioso es que la primera recomendación que le dio el doctor fue que se separase de Ono.

Como cabía esperar, no tuvo éxito, y Yoko, que no había sido capaz de convencer a John de que desestimara su idea, acabó por acompañar a su marido en todas las sesiones, muy a pesar de Janov.

La terapia tuvo lugar durante los siguientes meses. El doctor hacía revivir a John todas aquellas situaciones en las que había reprimido sus sentimientos, y luego le recomendaba gritar, patalear y llorar para sacar su frustración. Según contó el propio Janov, John avanzó muchísimo.

En el mismo libro de Peter Brown se cuenta un episodio acontecido durante esta etapa, que a su vez fue referido por Cynthia Lennon en su biografía. El doctor había recomendado a John que tratara de retomar su relación con Julian (lo mismo que haría May Pang años después), consejo que éste decidió seguir:

Se concertó un encuentro, y John fue sólo en su Rolls a casa de Cynthia en Kensington para ver al pequeño. “Él estaba sorprendentemente simpático” –recuerda Cynthia. “Casi inmediatamente subió las escaleras hasta la habitación de Julian, donde pasaron varias horas jugando juntos. Yo estaba encantada, y Julian también.

Más tarde, John bajó las escaleras para tomar una taza de té conmigo y contarme qué tal estaba yendo la Terapia Primal. En ningún momento mencionó a Yoko. Justo entonces sonó el teléfono. Era el ama de llaves de Tittenhurst Park, histérica porque Yoko estaba amenazando con tomar una sobredosis de pastillas para dormir porque John estaba pasando demasiado tiempo conmigo y con Julian. John colgó el teléfono de un golpe y gritó, “¡Esa zorra estúpida está amenazando con suicidarse!”

Pero, por muy “zorra estúpida” que fuera, John volvió a casa aquella noche antes de lo que deseaba, para, inmediatamente, volver a ser “John y Yoko”. Poco después se interrumpieron las sesiones de Terapia Primal, tras una tremenda discusión de Ono con Janov.

Esa terapia le había hecho mucho bien a Lennon, a su hijo, a sus amigos. Igual que le harían bien, años más tarde, aquellos dieciocho meses de relación con May Pang. En catorce años no hubo ningún otro momento en el que estuviera más lúcido y dispuesto a retomar su antigua vida. Y sin embargo, en ambas ocasiones Yoko hizo lo imposible porque todo aquello finalizase.

Precisamente durante su “Lost Weekend” es cuando se escribió una interesante canción que anduvo yendo y viniendo, incluso fue cedida a su amigo Keith Moon, antes de que John decidiera publicarla en abril del 75. El último single antes de su encierro de casi cinco años, y que estaba dedicado a “La señora Lennon”:

(Esta traducción es muy complicada, he hecho lo que he podido pero la letra está llena de juegos de palabras y se pierden muchos matices, por lo que recomiendo leer la original).

Apártese, Ms L.

Bien, ahora lo oculto bajo tierra y lo divertido han acabado por ser lo mismo
No quiero ser un hombre demasiado real, sólo quiero jugar el juego.
Creo que usted ya lo sabía todo cuando cantábamos bajo la lluvia.
No puedo seguir en la onda hasta llegar al fondo, el barco ya está navegando.
Y si se hunde, usted sabe que lo único que pasará es que acabará mojada.

Apártese, Ms L.
Ya sabe que le deseo lo mejor.
Apártese, Ms L.
Ya sabe que le deseo lo mejor.
Apártese, Ms L.

Errar es humano y perdonar es divino.
Perdonaré sus ofensas si usted perdona las mías.
La vida es un acuerdo, usted lo sabía cuando firmó en la línea de puntos.
Le clavaron al papel, pusieron una soga alrededor de su cuello.
Y así cantamos juntos, ¡el chico está en la cubierta en llamas!

Apártese, Ms L.
Ya sabe que le deseo lo mejor.
Apártese, Ms L.
Ya sabe que le deseo lo mejor.
Apártese, Ms L.

Mamá y papá me dijeron “hijo, mira a ver lo que piensas
Tú cabeza está llena de serpientes, chico, mejor rojo que muerto
Se están muriendo de hambre en China otra vez, es lo que siempre digo.
No puedes comprar una cabeza en la tienda, tus vaqueros están llenos de mierda
Estás lleno de granos, estás en la adolescencia, perdiste el mapa de carreteras de mamá”.

Apártese, Ms L.
Ya sabe que le deseo lo mejor.
Apártese, Ms L.
Ya sabe que le deseo lo mejor.
Apártese, Ms L.

Muchas de las biografías de ambos coinciden en decir que John, pese a su convencimiento de que lo mejor para él era encerrarse en casa y “hornear pan”, fue inmensamente infeliz durante aquellos años. Ya hemos visto qué tipo de vida y creencias fomentaba Yoko. El miedo que le tenía su esposo, lo acobardado que se sentía. Pero también había momentos en que John no podía más.

En Las muchas vidas de John Lennon se cuenta una historia macabra. Yoko tenía varios gatos negros en el Dakota. A veces, cuando John se levantaba por la mañana, medio dormido y descalzo, ella cogía los excrementos de los gatos y los iba colocando disimuladamente en el suelo para que él los pisara. John, al darse cuenta, entraba en cólera y la perseguía enloquecido, incluso llegando a tirarle del pelo. Cuando la limpiadora llegaba horas después para adecentar el apartamento, se encontraba el piso cubierto de excrementos de gato y mechones de pelo de Yoko.

Hipnosis, sesiones de ocultismo, amenazas y sugestión sobre un hombre que vivía una situación inimaginable. Sería imposible entender lo bizarro y ambiguo de esta relación sin contextualizarla dentro del tema de la muerte de Paul. Y así se entiende por qué, cómo y, sobre todo, para qué apareció Yoko en la vida de John.

Yoko: Por fortuna, te conocí en el momento idóneo.
John: Por desgracia, así fue.
(Film Imagine)

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George contra Yoko

“La culpa de todo la tiene Yoko Ono”. Esta canción del grupo Def con dos parece leerle el pensamiento a miles de fans de los Beatles en todo el mundo. Y es que echar la culpa a Yoko de la separación de la banda ha sido siempre lo más conveniente.

Sin embargo, ya sabemos que la disolución de los Beatles no se produjo en 1970, sino unos cuantos años antes. Aquella última etapa de tensión, malas caras y discusiones era sólo un reflejo de la situación que vivían, que finalmente no podía acabar de otro modo. Yoko sólo era un elemento más que avivaba la mecha del resentimiento y el hartazgo.

Habrá que hacer memoria ahora para recordar lo que comentaba en mis anteriores artículos sobre la personalidad de Ringo y George, porque lo mismo que dije entonces sobre su comportamiento en relación al tema de la muerte de Paul se puede extrapolar a Yoko.

Ringo se lo tomó como siempre: “qué le vamos a hacer”. Todas las biografías coinciden en afirmar que de todos, era el que mejor asumía la intromisión de la japonesa. Y esa misma actitud le acompaña hoy en día.

Pero George era distinto. Él jamás aceptó lo que había pasado; la rabia, la impotencia, la mala conciencia y la pena lo inundaban. George, el que no podía disimular las caras de desprecio hacia Faul, el que se enfrentó con él delante de las cámaras, el que cantaba “no sé cómo pudieron pervertiros”, no soportaba a Yoko. Era superior a sus fuerzas.

Veinte días antes del concierto en la azotea, John y él llegaron a las manos en una discusión terrible, de la cual las cámaras sólo llegaron a captar el final, cuando George se marchaba de la sala diciendo: “no puedo más, me largo de aquí”.

Durante una de las constantes intervenciones de Yoko tratando de imponer su criterio, George se volvió hacia John y le dijo que había estado investigando sobre ella en Nueva York, y que las cosas que había escuchado sobre ella eran terribles. Dijo, literalmente, que tenía “una reputación de mierda”, y no sólo en el ámbito del arte.

John estalló y comenzó a empujarle, a lo que George respondió a su vez con golpes para apartar sus manos.

Meses después, cuando John preparaba a toda prisa su concierto en Toronto, George rechazó su invitación de tocar la guitarra principal, con la excusa de que “no quería participar en ese rollo avant-garde”, cuando el verdadero motivo era su negativa a actuar junto a Yoko.

En agosto del 71 John respondió a este gesto con otro similar, pero originado por el mismo motivo, pues George le había invitado a acompañarle en el Concert for Bangladesh, con la condición indispensable de que fuera sin Yoko.

Y así estuvo durante toda su vida, con momentos en los que trataba de disimular su animadversión, como es el caso de la introducción de los Beatles en el Hall of Fame (pensó que el momento lo requería), y otros en los que se dejaba llevar:

(Segundo 0:58, el video no es de mi autoría)
http://www.youtube.com/watch?v=iU4Cct2aov8

George se caracterizaba por su tolerancia y su buen corazón, algo muy negativo debía de ver en Yoko para comportarse así. Lo malo es que en los últimos tiempos ha habido voces que, para darle una explicación a todo esto, le han acusado de ser un racista, y de rechazar a Ono por ser oriental.

¿Faul contra Yoko?

No sabéis la cantidad de páginas web, libros y artículos que he leído para escribir esta nota, con versiones para todos los gustos y tendencias. Pero todos, absolutamente todos, se centran en lo mal que lo pasó “Paul” con la presencia de Yoko. Es un hecho tan repetido que ha quedado clavado en el inconsciente colectivo tanto o más que la culpa de Ono en la separación, o el mito del último concierto.

En el artículo “Sobre John Lennon, segunda parte, tengo algo que contar” dediqué varios párrafos a señalar lo absolutamente sorprendente que resulta que un hombre que lleva rechazando firmemente a la pareja de “su amigo” durante años, acabe siendo el responsable directo de su reconciliación. Simplemente, no tiene sentido. Y además, fue un hecho que permaneció oculto hasta hace relativamente poco, cuando la relajación que ahora sienten tanto Yoko como Faul les ha permitido bajar la guardia.

Cuatro años después de que Faul, tan generosamente, contribuyera a que John dejara a May Pang (y con ella a sus amigos, su hijo y su música) para irse a hornear pan, Yoko Ono seguía insistiendo en que “Paul McCartney” la odiaba. Concretamente aseguró que “Paul” había dicho, hacía muy poco, que pasaban demasiado tiempo juntos y que eso le parecía fatal. No tuvo a bien en ese momento referirse al gran favor que le había hecho hacía unos años.

Por supuesto, todo aquel victimismo de Yoko servía para perpetuar el mito de “McCartney y Ono enemigos irreconciliables”.

Igual que resulta sospechoso aquel acercamiento, en forma de sentido abrazo, que protagonizaron durante la ceremonia del Hall of Fame de 1994 y del que ya hablé en mi artículo “Sobre George Harrison, segunda parte, la muerte de George”. Justo en el momento en que el Anthology comenzaba a tomar forma, con aquellas maniobras de George para intentar publicar material verdaderamente inédito de la banda, y que tantos miles de libras le costó a Faul destruir.

anthology

Había que arreglar el desaguisado de alguna manera, y allí estaba Yoko para ofrecer las canciones no publicadas de John y así contentar a los fans que esperaban anhelantes el nuevo material. Pero “Paul” y Yoko se odiaban, ¿por qué iba a darle algo tan valioso? Hubiera resultado raro de cara a la galería, por lo que el señor Fields medió para organizar aquella farsa de evento (a la que ni Ringo ni George acudieron) y ofrecer el bochornoso espectáculo de la reconciliación de Yoko y “McCartney”, que tantas portadas protagonizó al día siguiente.

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Nos entendemos muy bien el uno al otro, en muchos sentidos.
(Yoko, entrevista para Rolling Stone, junio del 2013).

Según el periodista Julián Ruiz, que ha tenido la oportunidad de entrevistar a Ono en varias ocasiones, ella siempre se ha ocupado de demostrar que “detesta a Paul McCartney”.

Igual que Faul, que durante años no perdía ocasión de criticarla y culparla de todos los males posibles.

Hay un interesante ejemplo de esto. Hace unos años Faul quiso lanzar un álbum recopilatorio de canciones románticas, tanto de su carrera como solista como de la etapa Beatle, con “Yesterday” como una de las principales. Su petición fue denegada y Faul le echó la culpa a Yoko públicamente, asegurando que se había negado a que usara canciones que llevaran el apellido “Lennon” en los créditos.

Sin embargo, el que en realidad había vetado el proyecto había sido Ringo. Faul mintió, porque obviamente era más fácil usar el argumento “ha sido Yoko la mala” que explicar que su aparente “buen amigo” Ringo se negaba a que publicara canciones de John… Y de Paul. Porque, ¿qué razones podría tener Ringo para impedir que “Paul McCartney” usara en un recopilatorio su gran obra maestra?

Como vemos, Yoko ha venido de perlas para ocultar muchas cosas. Y ella ha contribuido como la que más.

El último capítulo de “Faul contra Yoko” fue la reciente confesión por parte de él, a estas alturas de la película, de que “Yoko no tuvo la culpa de la separación de los Beatles”.

Yoko dijo sentirse muy feliz por esa declaración, pero la apostilló diciendo: “los tres Beatles odiaban mi presencia en las grabaciones desde el Álbum Blanco. Son hechos”.

Julian contra Yoko

A menudo suelo hablar de “víctimas colaterales” en mis artículos, en referencia a todas aquellas personas que, sin estar implicadas directamente, se han visto muy afectadas por esta gran conspiración.

Julian Lennon es uno de ellos.

Él sabe que John no fue un buen padre para él; suele comentarlo en sus entrevistas, que conforme pasa el tiempo están cada vez menos cargadas de resentimiento, como si al madurar fuera capaz de comprender mejor la situación con la que tuvo que lidiar su padre. Ya hace tiempo que lo perdonó. Pero no a Yoko.

http://www.youtube.com/watch?v=9CGUbTVZ6EE

Yoko tiene todo. Tiene los derechos, tiene el nombre, tiene todas sus pertenencias, tiene absolutamente todo. Lo cual me parece espantoso, pero no puedo hacer nada al respecto. Aunque todos lo veamos como el hombre supuestamente inteligente que era, y fuera un hombre que hablaba de amor y paz y justicia en la vida, por cierto no lo llevó a la práctica dentro de su propia familia. Estoy listo para luchar con ella. Para la historia, Yoko, Sean y papá son la familia Lennon. Y tengo la certeza de que Yoko trató de arruinar mi carrera en Europa. Y creo que lo logró. Sé de muchas cosas que me hizo, y también a mamá, y no voy a tolerarlo más. Porque no le debo nada. Me quiere arruinar, pero ciertamente no voy a doblegarme. Porque tengo la verdad y la honestidad de mi lado, e información basada en hechos sobre algunos de sus tejes y manejes, que no son nada agradables.

No sé totalmente cuál es el punto de vista de la gente en cuanto a Yoko, pero estoy seguro de que cambiará pronto, sin ninguna duda. Expresaré mi posición en los medios cada vez que se me presente la oportunidad. Photograph Smile fue lanzado el verano pasado en Europa, el mismo día que llegó a los negocios el álbum debut de Sean Lennon, que tiene en este momento 22 años. Tengo copias de las cartas que escribió Yoko, firmadas de su puño y letra, a algunas de las revistas de música más grandes de Europa, diciendo que Sean debía ser visto como el hijo genial de John Lennon, y que Julian debía ser visto como el hijo alcohólico y drogadicto inútil, gastado e inservible que no tiene nada que ofrecer. Hasta tal punto que si esto no se cumplía, ella compraría todos los ejemplares de esa publicación o enterraría al director y dueño de la revista. Literalmente. Y eso está escrito.

Sean no sabe ni la mitad de todo esto. No quiero decírselo cara a cara. Tiene que descubrir lo que pasa por sí mismo, porque es su madre... Es algo difícil para mí y no quiero poner una pared entre nosotros. El problema es que ella no tiene vida propia. Se metió en la vida de papá y ahora se mete en la de Sean. Y yo no quiero que se meta más en la mía.
(Extracto de las declaraciones de Julian a Bill Deyoung, del New York Times, en una entrevista telefónica de 1999)

En muchos aspectos, creo que ella fue una manipuladora. Estoy seguro de que sabía exactamente lo que estaba haciendo desde el primer día. Jugaba al juego de la inocencia, pero lo tenía todo bien planeado.
(Entrevista con Dini Pettin, 18 de marzo de 1999)

Wow, menospreciado en la boca de Macca, menospreciado en el aniversario de “Love” en Las Vegas, menospreciado en la recepción de la boda de Macca en Nueva York, menospreciado en la premiere del film sobre George Harrison la otra noche… ¿Qué he hecho para ser ignorado de esta forma? No he sido invitado a ninguno de estos eventos, pensaba que NOSOTROS teníamos una relación, obviamente no. Dame algo de verdad (Gimme some truth en el texto original, haciendo alusión al documental de su padre). Quizá ahora sea el momento de decir la Verdad (en mayúscula en el original). Mi madre y yo NO vamos a ser erradicados de la Historia. Cómo se atreven...
(Rolling Stone, noviembre de 2011)

Nos gustaría que esta declaración de intenciones no se quedara en meras palabras, Julian. Si tienes algo que decir, hazlo ahora.

Epílogo

Queda todavía muchísimo por decir sobre Yoko, pero será más adelante, cuando avancemos en el timeline. Habrá, de nuevo, un capítulo dedicado a la muerte de John, con más pistas y revelaciones. Habrá que hablar de los diarios íntimos de John, de Fred Seaman y su sorprendente versión de los hechos, de Chapman y del Proyecto Walrus. Y en cada uno de estos puntos volverá a aparecer este personaje del que apenas acabamos de ver un esbozo, pero que cada vez deja menos lugar al misterio para permitirnos entrever su verdadera condición y su papel en este asunto.

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¡Así es exactamente nuestra relación!
(John, tras ver la foto de portada de la Rolling Stone, tomada el 8 de diciembre de 1980).

Lady Ruth
Con la colaboración de Radha Badtler, María Beatlefan y Rugglesby Laulié.

Bibliografía y fuentes

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Brown, Peter; DeCurtys, Anthoy; Gaines, Steven. The love you make. And insider’s story of The Beatles. Inglés. Londres: NAL Trade, 2002. ISBN: 978-0451-207-357.

Clayson, Alan; Johnson, Robb; Jungr, Barb. Woman. The indredible life of Yoko Ono. Inglés. Londres: Chrome Dreams, 2004. ISBN: 1-84240-220-X.

Goldman, Albert. Las muchas vidas de John Lennon. Castellano. Madrid: Lumen, 2010. ISBN: 97-8842-6418-777.

Hane, Misiko. Breve historia de Japón. Castellano. Madrid: Alianza Editorial, 2011. ISBN: 97-8842-0653679.

Lennon, Cynthia. El auténtico Lennon, lo que nunca se dijo. Castellano. Madrid: Ma non troppo, 2009. ISBN: 9788496924703

Lindsay-Hogg, Michael. Let it be [película]. Londres: Apple Corps, 1970. 1 DVD, 81 min.

Pang, May; Edwards, Henry. Loving John: The untold story. Inglés. Estados Unidos: Warner Books. 1983. ISBN: 978-0446379168.

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Sheff, David; Golson, G. Barry. The Playboy Interviews with John Lennon and Yoko Ono. Nueva York: Playboy (1981). ISBN 978-0-87223-705-6.

Siuda, Peter T. Legendary patriot or corrupt egotist? An analysis of Toyama Mitsuru through an interpretation of Dai Saigo Ikun. Tésis. Universidad de Massachusetts, mayo de 2008.

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